lunes, 16 de noviembre de 2015

El Evangelio Escondido en el Pentateuco - NÚMEROS (Parte IV) - [Nm 20 al 25]

(Nota: Los párrafos en negrita son un resumen de los versículos bíblicos que se están estudiando [identificados al pie de cada párrafo, versión RVR60]; los textos en cursiva son los comentarios que surgen a partir de esos textos. Para ir al link de respaldo bíblico o de apoyo, hacer click en los enlaces.)


(Comenzar en Números Primera Parte)


LA MUERTE DE MIRIAM


Llegaron los hijos de Israel al desierto de Zin, y acamparon en la región de Cades, donde falleció Miriam, la hermana de Moisés, quien fue sepultada en ese pueblo. (20:1)

* A Miriam (o María según algunas versiones), hermana de Moisés y Aarón, la vemos presente en importantes episodios en la historia de redención del pueblo escogido:
  1. Es ella la que permanece observando a la distancia la canasta del pequeño Moisés cuando fue puesto en el río, y luego se atrevió a dirigirse a la hija de faraón, que había recogido al bebé de las aguas con la intención de adoptarlo como hijo, para sugerirle tomar una nodriza hebrea para alimentar al niño, a lo cual la hija de faraón accedió, lo que permitió que el pequeño fuera amamantado y criado durante sus primeros años por su verdadera madre Jocabed.   
  2. Después que Israel cruzó el Mar Rojo, Moisés cantó una alabanza glorificando a Jehová que los había sacado de la tierra de Egipto, y había hecho a Israel atravesar por el lecho seco del Mar Rojo, en tanto que hizo que el mar tragara a los egipcios con sus carros y caballos. En el mismo evento, Miriam, la profetisa, tomó un pandero, y todas las mujeres le siguieron con panderos y danzando, mientras ella cantaba: "Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; ha echado en el mar al caballo y al jinete". 
  3. Estando en el desierto, Miriam y Aarón recriminaron a Moisés el haber desposado a una extranjera, y además, sentían celos de él, y decían que Moisés no era el único por medio del cual Jehová hablaba al pueblo, sino que también lo había hecho a través de ellos. La ira de Jehová se manifestó provocando en Miriam una lepra que abarcó todo su cuerpo, de la cual se sanó después de que Moisés intercedió por ella ante el Señor; sin embargo, debió salir del campamento por siete días, luego de los cuales volvió sana. 
Por último, la vemos morir aquí en Cades, en medio de las rebeliones de Israel contra Jehová. 
 
¿Qué representa Miriam? Algunos estudiosos dicen que ella representa la alabanza a Dios; pero parece ser más que eso. Tal vez, en ella podemos ver reflejado al mismo pueblo del pacto mosaico, con sus devociones e indiferencias hacia su Dios; que a veces adora fervientemente, y otras, se rebela; que se ensoberbece, y luego se humilla ante la disciplina.
 
Del mismo modo en que Miriam, junto al líder religioso Aarón, desafía, y arremete contra aquél que fue ungido por Jehová para conducirlos hasta la tierra que habrían de recibir en herencia, los hijos de Israel, incapaces de reconocer en Jesús a su Mesías, le recriminaron el juntarse con pecadores; y lo acusaron de quebrantar la ley de Moisés, y de blasfemar, porque decía ser el Hijo de Dios, por lo cual lo despreciaron, persiguieron, maltrataron y entregaron a la muerte. 
 
Como podemos ver, Miriam parece encarnar toda la estructura religiosa de los judíos, que se había construido sobre doctrinas que tenían como base la Ley dada por Jehová, pero deformada por la tradición y doctrinas inventadas por hombres, a las cuales daban más importancia que al mandamiento divino, lo que fue como poner un velo en los ojos del pueblo, desviándolo de la Verdad; todo esto agravado por el hecho de que sus líderes, arrogantes y abusadores, no hacían lo que predicaban. Esta decadencia del pueblo del pacto al que se le dieron las promesas, permitió que se abrieran las puertas del reino de los cielos a los gentiles; pero esto no fue una sorpresa para Jehová, pues en la Mente del Dios Omnisciente ya estaba decretado que sería así, pues, la promesa hecha a Abraham decía que en Su Simiente (es decir, en Jesucristo) todas las familias de la tierra iban a ser bendecidas.

La muerte de Miriam antes de llegar a la tierra prometida da a entender que la salvación no era por cumplir un acto religioso como obedecer la Ley, pues, en primer lugar, nadie podía cumplirla cabalmente, y segundo, porque la Ley sólo tenía por finalidad conducir al pueblo hacia su Mesías; sino que la salvación iba a ser dada por Jehová gratuitamente sólo por creer que la ofrenda que Él puso a nuestra disposición, la vida de su Hijo sacrificado en la cruz, era suficiente propiciación para perdonar nuestras transgresiones, y darnos vida eterna en Él.

Esto no significa que Dios haya desechado a la nación de Israel, porque, si bien la mayoría fue endurecida para que no les resplandezca la gloria del evangelio, aún hay un remanente que el Señor se guardó, el cual, si reconoce su pecado de haber dado muerte a su Mesías, y se arrepiente, está entrando al Reino también. Esa puerta está abierta mientras se complete la plenitud de gentiles llamados a la salvación por la fe. Así todo Israel, es decir, los descendientes de Abraham según la fe, no según la carne, esto es, judíos y gentiles de fe, serán salvos.


AGUA DE LA ROCA


A raíz de que no había agua en el desierto de Zin, los israelitas se amotinaron y protestaron contra Moisés y Aarón, diciéndoles que hubiesen preferido haber perdido la vida junto a sus hermanos que habían muerto ante Jehová, en vez de tener que soportar estar en medio de ese desierto, donde con seguridad perecerían ellos y sus bestias. Moisés y Aarón entonces fueron hasta la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros, y apareció la gloria del Señor, quien dijo a Moisés: "Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias". Moisés y Aarón reunieron a la congregación delante de la peña, y dijeron: "¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?", y Moisés alzó la mano y golpeó la roca dos veces con la vara, brotando gran cantidad de agua. Entonces, Jehová se enojó contra Moisés y Aarón, porque no confiaron en Él, ni lo santificaron ante los hijos de Israel, por lo cual les declaró que no serían ellos quienes harían entrar en la tierra prometida a los hijos de Israel. Por ese motivo, se conoce al lugar como las "aguas de Meriba", que significa "rencilla", porque en ese lugar contendieron los hijos de Israel con Jehová, y Él se santificó en ellos. (20:2-13)

* Los salvadores no eran Moisés y Aarón, sino Jehová. En este episodio, Moisés cometió el error de, primero, golpear la roca, cuando la orden era hablar a la roca y, segundo, de atribuirse el poder de hacer salir agua de la roca, cuando todo aquello era obra del poder de Dios. No santificaron a Dios; no le dieron la gloria. Pero lo que esto intentaba mostrarnos anticipadamente era que, aunque Israel era el pueblo del pacto y las promesas, su arrogancia y ceguera no le iba a permitir reconocer el tiempo de su salvación, e iba a tropezar con la Roca que Jehová iba a proveer como piedra angular sobre la cual iba a edificar Su verdadero Templo en la tierra; un templo no hecho por manos de hombres, sino por el mismo Hijo de Dios, herido y crucificado por su propio pueblo. Sin embargo, estaba escrito que el Mesías debía padecer para convertirse en salvador no sólo de sus hermanos judíos, sino de todas las naciones, formando un solo pueblo en Cristo.

Nosotros, los creyentes somos el templo de Dios, construido no con ladrillos, sino con piedras vivas, que son las almas que, por la fe en Jesucristo, son salvadas de la condenación eterna. Somos la iglesia de Cristo, hombres y mujeres, judíos y gentiles, sujetos al Mesías por medio de su Santo Espíritu, al cual el mismo Señor define como ríos de agua viva que corren desde el interior de todo el que cree. 

La ley de Moisés no puede salvar, por eso era necesario un nuevo pacto, un pacto sempiterno, con un nuevo Mediador, el Hijo del Hombre que, habiendo resucitado, ahora está sentado a la diestra del Dios Altísimo, desde donde reina hasta que todos sus enemigos sean puestos bajo sus pies, y cuando eso se cumpla, Él entregará el reino a Su Dios y Padre para que Jehová sea todo en todos. 

 

EDOM OBSTACULIZA EL AVANCE DE ISRAEL


Estando en Cades, Moisés envió mensajeros al rey de Edom, pueblo hermano de Israel (descendientes de Esaú, hermano gemelo de Jacob), solicitando permiso para atravesar por territorio edomita, haciéndole ver los difíciles días que habían vivido en Egipto, de dónde Jehová los había sacado, y se comprometieron a ir sólo por el camino real, y a no entrar ni a los campos o viñas, ni beber agua de sus pozos, y, en caso de necesitar agua, se comprometieron a pagar por ella. Pero Edom no sólo se negó reiteradamente a dar autorización, sino que salió a su paso con un ejército poderoso, por lo que Israel debió desviarse del camino. (20:14-21).

* Edom es el pueblo fundado por Esaú, hermano de Jacob, el primogénito de Isaac, a quien Jacob usurpó la bendición del primogénito. La inflexible postura de Edom hacia Israel nos recuerda la porfiada oposición que el primogénito de YHWH, el pueblo judío, en especial sus líderes, presentó a Jesús Ha Mashiaj, para que llevase a cabo su ministerio de preparar un pueblo para servir a Dios. Jesús vino para sentar los fundamentos de la nueva Jerusalén, pero los judíos no estaban dispuestos a ceder espacio para que un simple carpintero, según veían ellos, revolucionara siglos de tradición religiosa, y lo enfrentaron con todos los recursos disponibles, incluso, aliándose con los romanos para quitarlo del camino.
 
De acuerdo con la Escritura, no todo el pueblo judío combatió contra el Mesías, sino aquéllos que fueron cegados por Satanás, quienes no sólo obstaculizaron el paso al Líder del nuevo pacto, sino que persiguieron después a la iglesia, la hasta entonces estéril Jerusalén celestial, con sus hijos, los hijos del Espíritu del Señor, que comenzaron a nacer cuando Jesucristo fue glorificado, y que siguen naciendo gracias a la predicación del evangelio. Éstos no dejarán de sufrir persecución por causa del Nombre que es sobre todo nombre, nuestro Señor Jesucristo, quien dio su vida para hacer de nosotros un reino de sacerdotes, nación santa, pueblo redimido por Dios por medio de Su Hijo, para que anunciemos las virtudes de Aquél que nos llama de las tinieblas a Su luz admirable, hasta que Él regrese.

MUERTE DEL SUMO SACERDOTE AARÓN


Partieron entonces de Cades y llegaron al monte de Hor y, estando en la frontera con la tierra de Edom, Jehová habló a Moisés y Aarón diciendo que Aarón iba a ser reunido con sus padres, es decir, iba a morir, pues, por causa de su rebeldía en las aguas de Meriba, no iba a entrar a la tierra que el Señor prometió dar a Israel. Entonces ordenó a Moisés llevar a Aarón y a su hijo Eleazar al monte, y allí despojar de sus vestiduras a Aarón, y ponérselas a Eleazar. Hicieron como Jehová les mandó, y ante la mirada de todo el pueblo, Aarón fue despojado de sus vestiduras, y Eleazar fue constituido nuevo Sumo Sacerdote. Aarón murió en la cumbre del monte, y todo el pueblo lloró su muerte por treinta días. (20:22-29)

 
La muerte del líder religioso Aarón antes de entrar a la tierra prometida estaba mostrando que el sacerdocio levítico no fue dado para salvar, pues la salvación es por Gracia, y ésta va de la mano de la fe del Hijo de Dios, es decir, la doctrina del nuevo pacto que enseña que la salvación no es por obras, sino por fe. Jesús, a diferencia de los sacerdotes que le precedieron, no era de la tribu de Leví, sino, de Judá, y Dios lo hizo sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. 
 

 

LAS BATALLAS CAMINO A LA TIERRA PROMETIDA


Cuando el rey de Arad, que habitaba en el Neguev, oyó que los israelitas se acercaban, los atacó, y tomó algunos rehenes. Entonces Israel hizo votos a Jehová, prometiendo que, si el Señor entregaba esos enemigos en sus manos, ellos destruirían por completo sus ciudades. Dios oyó, y les dio la victoria, y las ciudades de Arad fueron destruidas por Israel. (21:1-3)

* Cuando la iglesia (o Israel de Jesucristo) comenzó a formarse, debió enfrentar numerosas batallas. El enemigo arremetió contra el cuerpo de Cristo de diversas maneras, no sólo a través de la persecución en manos de judíos y romanos, sino a través de las herejías que se inventaron en torno al evangelio, las cuales desviaron a muchos hermanos. Los judaizantes, por ejemplo, atacaron fuertemente el ministerio de Pablo, e hicieron todo lo posible por introducir en la iglesia doctrinas propias del judaísmo, provocando que, algunos de ellos, que ya habían sido libertados de la esclavitud de la ley, volvieran a esclavizarse creyendo que iban a ganar el cielo haciendo las obras de la ley (como la circuncisión, la prohibición de comer ciertos alimentos, o la celebración de ceremonias y fiestas, que YHWH había mandado a Israel para enseñarles, veladamente, lo que sucedería cuando su Mesías se manifestara), perdiendo de vista que sólo basta la fe en Jesucristo para ser salvos. Quizá a eso alude el autor de este libro cuando dice que el rey de Arad atacó y tomó algunos rehenes. 
 
** El enemigo de nuestras almas está atento a presentarnos batalla, y arremete contra los renacidos de Dios en distintas formas, en su intento por desviarnos del camino. Pero no debemos temer, sino confiar en que YHWH ya derrotó a Satanás por medio de Jesucristo, y la victoria que vence al mundo es la fe. Sin embargo, el engañador seguirá enviándonos dardos de fuego, y aunque nuestra fe nos salvó, es necesario que esa fe vaya acompañada de obediencia a la Voluntad de Dios para que todo vaya bien. La exhortación, entonces, es a vestir la armadura de Dios, teniendo siempre a mano la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

 

LA SERPIENTE DE BRONCE


Luego que los israelitas salieron de Hor, siguieron por la ruta del Mar Rojo, bordeando Edom, entonces nuevamente se desanimaron, y comenzaron a hablar contra Dios y Moisés, alegando que habían sido sacados de Egipto para ir a morir a ese desierto, pues no había ni pan ni agua, y estaban hartos de comer maná. Jehová, entonces, les envió serpientes venenosas que empezaron a morderlos, y muchos murieron. Ante la intervención de Moisés, Dios le dijo: "Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá". Entonces Moisés hizo una serpiente de bronce, y cada vez que alguno era mordido, miraba a la serpiente y vivía. (21:4-9).

* Todo cristiano ha leído u oído hablar de la conversación que tuvo el líder judío Nicodemo con Jesús, en la cual el Señor le enseñó que, para tener vida eterna es necesario volver a nacer. Ante el desconcierto del fariseo, Jesús le explicó que nacer de nuevo significa nacer del Espíritu de Dios. Y agregó: "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn 3:14-15). Todos estábamos condenados a morir por causa del pecado que traemos, y que nos domina desde nuestro nacimiento. Para poder ser salvos de la condena que pesa sobre nosotros, debemos poner nuestra fe sólo en Jesucristo, que llevó nuestros pecados a la cruz, y luego resucitó para darnos nueva vida en Él. Ése es el Evangelio. Mirar hacia la serpiente de bronce indica que, para ser salvos, debemos poner nuestra fe sólo en Jesucristo crucificado por nosotros, quien estuvo muerto, pero ahora vive, y está sentado a la diestra de Dios. 


EL PEREGRINAJE DE ISRAEL


Y continuó el peregrinar de Israel, acampando y partiendo de uno a otro destino, pasando por Obot, por Ije-abarim, por el desierto que está en la frontera al oriente de Moab, llegando al valle del arroyo de Zered, para después atravesar el río de Arnón, y llegar al desierto, en territorio amorreo, pues el río Arnón está en la frontera entre Moab y la tierra de los amorreos. Por eso, el libro de las batallas de Jehová dice: "Lo que hizo en el Mar Rojo, y en los arroyos de Arnón; y a la corriente de los arroyos que va a parar en Ar, y descansa en el límite de Moab". De allí siguieron hasta llegar a Beer, el pozo donde Jehová dijo a Moisés que reuniera al pueblo, pues les daría de beber. Entonces, Israel cantaba: "Sube, oh pozo; a él cantad; pozo, el cual cavaron los señores. lo cavaron los príncipes del pueblo, y el legislador, con sus báculos". Del pozo, partieron a Mataná, de allí a Nahaliel, después a Bamot, hasta llegar al valle de los campos de Moab, a donde está la cima del monte Pisga, que mira hacia el desierto. (21:10-20)

* El camino de nuestro peregrinaje hacia la herencia prometida se nos presenta, a veces, como un valle rodeado por un arroyo, y otras, como un desierto, pero no debemos perder las fuerzas, sino seguir avanzando sin dejarnos abatir por las circunstancias, poniendo nuestra vista en la esperanza que tenemos por delante, fijando la mirada en nuestro Pastor que nos guía por sendas de justicia, al que, quizá, no siempre sabremos seguir el paso, pues, la pierna coja que caracteriza a un israelita muchas veces nos saca del sendero correcto, mas el Pastor con su cayado sabe volvernos al camino donde hay deliciosos pastos, para que podamos descansar. No importa qué dificultades se nos presenten en el camino; Dios irá allanando las sendas que nos llevarán seguros a la vida eterna.

** El pozo simboliza a Jesús, donde todos tenemos que venir a beber para ser saciados en nuestra sed. Una vez que nos sumergimos en las aguas de sanidad, iniciamos nuestro peregrinaje, donde deberemos librar varias batallas, pero no debemos olvidar que Jehová de los Ejércitos va  adelante, y nos guardará a salvo, hasta que lleguemos al lugar donde recibiremos la heredad prometida.

Israel entonces envió embajadores a Sehón, rey de los amorreos, solicitándole que les permitiera pasar por sus territorios, prometiendo no ir por los sembrados, ni por las viñas; ni tampoco beber las aguas de sus pozos; sino que sólo pasarían por el camino real. Pero Sehón no lo permitió y, por el contrario, salió con todo el pueblo contra Israel en el desierto. Pero Israel lo derrotó a filo de espada, y tomó todas sus ciudades, ocupando desde el río Arnón hasta Jaboc. No pasaron a la tierra de los amonitas, pues su frontera estaba fortificada. Israel habitó todas sus ciudades y aldeas, incluida la ciudad de Hesbón, que antes había sido arrebatada de los moabitas por Sehón. Fue así cómo Israel llegó a morar en tierra de los amorreos. Y siguió Israel avanzando, derrotando a los habitantes de Jaser, expulsando a los amorreos que la habitaban, y se apoderó de sus ciudades y aldeas. Cuando iba llegando a Basán, el rey Og les salió al encuentro, pero Jehová dijo a Moisés que no le temieran, porque Él ya había entregado en sus manos a todo el pueblo y a su rey, así que los israelitas los mataron a todos, y se apoderaron de sus territorios. (21:21-35). 

* Israel derrotó a todos sus enemigos a filo de espada. Nosotros tenemos una espada poderosísima que Dios puso a nuestra disposición para que derrotemos a nuestros enemigos. Sólo que no debemos confundirnos, pensando que nuestros enemigos son las personas, sino la misma serpiente que engañó a Adán y Eva en el Jardín de Edén que, con su ejército de demonios, actúa a través de hombres y mujeres que ni siquiera saben que están sirviendo la voluntad del adversario. Recordemos que aun el Apóstol Pedro, que tuvo el privilegio de ser escogido por Jehová para revelarle que Jesús era el Hijo de Dios, también fue usado por Satanás para tratar de persuadir a Jesús de no ofrendarse para salvar a la humanidad; pero Jesús lo puso en evidencia, diciendo: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo" (Mt 16:23). Las Escrituras dicen que la espada es la Palabra de Dios, pues el conocimiento de las Escrituras nos permite enfrentar, y derrotar al enemigo de nuestras almas. En cuanto a las personas que consideramos nuestros enemigos, no debemos maldecirlos, sino orar por ellos, como nos enseñó nuestro Señor.
 
** Todos estos enemigos que Israel debe enfrentar camino a la tierra prometida son símbolos de las múltiples y variadas formas de batallas que a diario debemos librar los renacidos en el Espíritu, entre las cuales, se cuentan nuestras luchas para someter los deseos desordenados de nuestra carne; porque una vez que los creyentes hemos sido libertados de la esclavitud del pecado, se inicia una guerra entre esos viejos deseos pecaminosos, y nuestra nueva vida en Cristo. Hablamos de "nueva vida en Cristo", porque cuando fuimos bautizados en Cristo, por fe, nosotros morimos con Cristo en la cruz y, por fe, también resucitamos junto con Cristo a una nueva vida. Antes servíamos al tirano gobernador de este mundo, pero ahora formamos parte del cuerpo de Cristo, su iglesia, y somos siervos de Dios. Es decir, aunque físicamente seguimos en este mundo, no somos del mundo, porque ahora estamos en Cristo. Por tanto, habiendo resucitado con Cristo, ahora debemos vivir para nuestra santificación, rechazando los deseos carnales que batallan contra el alma, absteniéndonos de todo lo que pueda volver a esclavizarnos a esa forma de vida de la cual deseábamos escapar. La buena noticia es que, como estamos en Cristo y Él está en nosotros, el pecado ya no tiene poder sobre nosotros, porque Cristo venció al mundo y sus deseos.


BALAC REY DE MOAB Y EL PROFETA BALAAM


Cuando los moabitas se enteraron de que Israel venía acercándose a sus tierras tuvieron miedo, pues los hebreos habían ganado gran renombre después de haber salido de Egipto, y de haber vencido a los pueblos amorreos. Entonces Balac, su rey, envió a los ancianos de Moab y Madián a hablar con Balaam, un adivino temeroso de Jehová, para que maldijera a Israel, pues pensaba que sólo así podría tener alguna oportunidad de  vencer a ese poderoso pueblo, ya que era bien sabido que a quien Balaam bendecía era bendito, y al que maldecía era maldito. Balaam recibió a los mensajeros que venían provistos del dinero para pagar sus conjuros, y les permitió pasar la noche en el lugar, mientras él esperaría el consejo de Jehová, advirtiendo a los mensajeros que sólo haría lo que Dios le ordenara. Al día siguiente Balaam se negó a la petición de Balac, pues Dios le dijo que no maldijera a Israel, pues era una nación bendita. (22:1-13)

* Balaam no era un profeta de Dios, sino un adivino que conocía el poder de Jehová, y le temía. Sin dudas, sus poderes provenían de uno o más espíritus demoníacos actuando a través de él. Balaam es el perfecto ejemplo para ilustrar lo que el Apóstol Santiago afirmó cuando dijo que la fe sin obras es muerta. El Apóstol advirtió que creer no es sólo de los santos, pues, sentenció: "también los demonios creen y tiemblan". Balaam sabía quién era Jehová, y le temía, pero su corazón pertenecía a las tinieblas. Para hacer la diferencia entre los tipos de fe, diremos que los demonios creen, pero como no hay arrepentimiento en ellos, recibirán la ira de Dios cuando el mundo sea juzgado; en cambio, la fe de los santos los guía al arrepentimiento para expiación de sus pecados y salvación eterna. Las obras de que habla Santiago se producen cuando el Espíritu Santo viene a morar en el corazón del creyente, e inicia la tarea de santificación. Los frutos de justicia son la evidencia de la regeneración que se llevó a cabo por la fe. Si hay fruto es porque está el Espíritu de Dios. Si no hay fruto, es muy probable que la persona no sea salva.

    Cuando regresaron los mensajeros a Moab, y contaron al rey sobre la negativa del profeta, pero Balac insistió enviando otro grupo de ancianos, más importantes que el primero, para que convencieran a Balaam de ir hasta a Moab para maldecir a Israel, diciéndole que sería honrado y recompensado grandemente. Balaam respondió que no había tesoro que lo hiciera contradecir a Dios, así que invitó a los mensajeros a pasar la noche en el lugar, mientras él esperaría a escuchar de Dios lo que tenía que decir al respecto. Esa noche, Dios dijo a Balaam que acompañara a los hombres de Balac, pero que hiciera sólo lo que Él le iba a ordenar. (22:14-20)

    * Existe entre los cristianos la tendencia a creer que Satanás puede decidir libremente a quien atormentar, lo que, de hecho, hace, pero no puede hacer lo que quiera con lo que Dios bendijo, a menos que Dios lo permita, y con limitaciones. Por tanto, cuando un hijo de Dios, quien ha sido bendecido en Cristo, se encuentra en medio de las pruebas, en vez de andar reprendiendo demonios, debe preguntarse por qué Dios permite esa prueba, y en lugar de afligirse, debe confiar en que todo lo que nos sucede está bajo el control de nuestro Padre Soberano. Para reafirmar esto, podemos citar la historia de Job, en la que vemos que Satanás no podía tocar a Job sin que Dios lo autorizara, y cuando tuvo poder para atormentarlo, no podía exceder de los límites que Jehová estableció. Otro ejemplo fue cuando Jesús dijo a Pedro que Satanás había pedido zarandear como a trigo a los apóstoles. Por las palabras que Jesús dijo a continuación, se subentiende que fue autorizado: "yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (Lc 22:32). Las pruebas que Dios permite que los hijos enfrentemos tienen un fin superior, y todo obrará para bien de sus elegidos, a fin de que seamos moldeados a la imagen de Jesucristo. En el caso de Job las pruebas demostraron su paciencia y que la fe de este siervo de Dios era inquebrantable, pues, aunque lamentó grandemente su condición, nunca renegó de Dios, por lo cual, el Señor lo recompensó multiplicando lo que Satanás le había arrebatado. En cuanto a Pedro, no pasó la primera prueba, y renegó de su Maestro, pero tan pronto recibió el Espíritu Santo, tanto él como sus condiscípulos, ya no temieron por sus vidas en la tierra, sino que perseveraron en la fe hasta el final, dando testimonio de la Verdad al estar dispuestos a padecer todo tipo de torturas física y psicológicas, hasta la muerte, porque sabían que lo que predicaban era verdadero, y porque gracias a Jesucristo, ahora tenían una esperanza no en esta vida, sino en la venidera.

      BALAAM Y SU ASNA


      A la mañana siguiente, mientras Balaam acompañaba a los príncipes de Moab montado en su asna, el ángel de Jehová se interpuso en su camino. Cuando el asna vio al ángel con su espada desenfundada, se apartó de la senda y se fue por el campo. Esto enojó a Balaam, y la golpeó para que retomara el camino. Más adelante, nuevamente el ángel se interpuso en el camino, parándose en una estrecha vía que tenía muros de viñedos a ambos lados, por lo cual el asna se pegó a uno de los muros, y apretó uno de los pies de Balaam contra éste, por lo cual la volvió a golpear. Luego, el ángel fue más adelante, y se puso en un camino tan angosto que no era posible desviarse ni a la derecha ni a la izquierda, por lo cual el asna no quiso avanzar y se echó, y Balaam nuevamente la golpeó con un palo. Entonces Jehová hizo que el asna hablara, y ésta se quejó a Balaam diciendo que la había golpeado tres veces, sin tomar en cuenta que lo ocurrido era inusual, pues, ella siempre le había servido bien. En ese momento, Dios abrió los ojos de Balaam para que viera al ángel de Jehová con su espada desnuda en el camino. Cuando Balaam lo vio, se inclinó sobre su rostro. Entonces el ángel le preguntó por qué había  golpeado al animal cada vez que se apartó de la senda, ya que éste sólo estaba reaccionando al verlo a él, que había venido para impedir que siguiera avanzando, pues, conocía sus perversas intenciones. Balaam reconoció su pecado y quiso devolverse, pero el ángel le dijo que continuara su viaje, advirtiéndole: "Ve con esos hombres; pero la palabra que yo te diga, esa hablarás". (22:21-35)

      * El incidente de Balaam y su asna es citado por Pedro en su segunda epístola, cuando critica a los falsos profetas y maestros que, por avaricia y codicia en sus corazones, faltando a la verdad, introducen falsas doctrinas, y hacen que el pueblo se desvíe del camino. Dice Pedro: "...Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad, y fue reprendido por su iniquidad; pues una muda bestia de carga, hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta" (2Pe2: 15-16). Aunque el escritor de Números no lo dice abiertamente, Balaam con seguridad iba maquinando en sus pensamientos cómo hacer para satisfacer las exigencias de Balac, y recibir la recompensa sin contradecir las órdenes de Jehová; pero Dios no puede ser burlado, y el ángel fue enviado para advertirlo contra esas intenciones.

        BALAAM EN MOAB


        Cuando Balac oyó que Balaam llegaba, salió a su encuentro, y le preguntó por qué no había venido antes; si acaso pensaba que no iba a ser recompensado. Balaam respondió que lo que importaba era que ya había llegado, pero advirtió al rey que sólo podría decir lo que Dios pusiera en su boca. De allí, partieron a ofrecer sacrificios, y, al día siguiente, fueron hasta Bamot Baal, desde donde Balaam podía contemplar parte del campamento israelita. (22:36-41)

        BALAAM FRENTE A ISRAEL


        Para iniciar su ritual, Balaam pidió a Balac ordenar que prepararan siete altares en los cuales ofrecieron holocausto de un becerro y un carnero por altar. Terminada la ceremonia, Balaam dijo al rey que permaneciera junto al holocausto, en tanto él se iba a dirigir a 
        un monte desierto, a ver si Jehová salía a su encuentro para decirle qué hacer. A su regreso, Balaam se limitó a recitar las palabras que Jehová puso en su boca, que hablaban sobre  la petición de Balac de maldecir a Israel, el pueblo que Dios apartó del resto de las naciones, por lo que él se preguntaba: "¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado?", concluyendo que él prefería terminar sus días viviendo como los justos, y morir como ellos. Al escuchar las palabras que salían de la boca del profeta, Balac se enfureció, pero Balaam le dijo que no podía contradecir a Jehová. Entonces Balac le propuso ir hasta otro monte, desde donde podría ver sólo parte del pueblo de Israel para que los maldijera. Y subieron hasta la cumbre del monte Pisga, donde montaron siete nuevos altares, y ofrecieron holocausto de un becerro y un carnero por altar. Nuevamente Balaam dejó a Balac en el holocausto, mientras fue a otro lugar para encontrar a Jehová, a fin de que le dijera qué decir. De regreso al lugar, donde lo esperaban Balac y sus príncipes, Balaam comenzó a recitar el mensaje que le dio Jehová, diciendo que Dios no era hombre como para mentir, ni para arrepentirse, por lo cual, en obediencia al Señor, él sólo iba a pronunciar bendición hacia Israel, pues, Jehová no tenía motivos para maldecirlo. De hecho, Jehová su Dios estaba con Israel, de modo que ninguna maldición tendría efecto contra ese pueblo, el cual se iba a levantar como león, y no iba a descansar hasta devorar a su presa. Tras oír las palabras que salían de la boca de Balaam, Balac le dijo que, ya que no los maldecía, por lo menos, no los bendijera. Por último, Balac llevó a Balaam a otro monte, desde donde podría ver otra porción de Israel, con la ilusión de que Jehová decidiera maldecirlos. Allí, como en los otros montes, se levantaron siete altares y ofrecieron holocausto de siete becerros y siete carneros. (23:1-30)

        * Si alguno piensa que Dios y su adversario el diablo tienen la misma fuerza, o que éste último puede desafiar y derrotar a Dios, está muy equivocado. Jehova es Dios Supremo del universo; Satanás, el adversario que nada puede hacer si Dios no lo permite.
         
        Como vemos en las palabras de Balaam, él no podía maldecir lo que Dios bendijo, o condenar lo que Dios no había condenado, pues, Jehová dijo a Abraham. padre de Israel: "Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré" (Gn 12:3), razón por la cual Balaam temía desafiar a Jehová.
         
        La mejor noticia es que nosotros, la iglesia, somos ese Israel sobre el cual está la cobertura de Dios, pues, su Santo Espíritu mora en nosotros, y su Palabra dice que mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo, pues, el mundo está bajo el dominio de Satanás, pero sólo porque Dios lo permite, a fin de probar los corazones. Es parte del proceso de santificación, pues, aunque el misterio de la iniquidad está en acción, el Espíritu Santo lo limita, y esto seguirá así hasta que llegue el momento del fin, cuando los enemigos del Señor sean puestos bajo sus pies. Entonces los hijos de Dios se revelarán, y sus cuerpos serán glorificados, y toda la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción, y viviremos en una tierra nueva, bajo un cielo nuevo, donde morará la justicia.
          

        BENDICIÓN AL PUEBLO SANTO


        Finalmente, convencido Balaam de que Jehová quería bendecir a Israel, esta vez no se apartó, como había hecho antes para buscar el consejo de Dios, sino que, mirando hacia el desierto, donde estaba Israel acampando por sus tribus, el Espíritu de Dios vino sobre él, y comenzó a bendecir a Israel, diciendo:  "Dijo Balaam hijo de Beor, y dijo el varón de ojos abiertos; Dijo el que oyó los dichos de Dios, el que vio la visión del Omnipotente; caído, pero abiertos los ojos: ¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como huertos junto al río, como áloes plantados por Jehová, como cedros junto a las aguas. De sus manos destilarán aguas, y su descendencia será en muchas aguas; Enaltecerá su rey más que Agag, y su reino será engrandecido. Dios lo sacó de Egipto; tiene fuerzas como de búfalo. Devorará a las naciones enemigas, desmenuzará sus huesos, y las traspasará con sus saetas. Se encorvará para echarse como león, y como leona; ¿quién lo despertará? benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren". (24:1-9)

        * El sacrificio del Hijo del Hombre dio a luz a la nación bendita respecto de la cual Balaam profetiza. Jesús hizo posible que, por la fe, pudiéramos recibir las aguas que tienen poder para sanar a todo el que nade en ellas, como profetizó Ezequiel, cuando habló del Espíritu Santo que iba a ser derramado sobre los escogidos. Iglesia se llama a los convocados al Reino de los cielos que han recibido el Espíritu Santo. Gente proveniente de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, que han sido limpiados con la sangre que el Mesías derramó en la cruz, para servir como sacerdotes al Dios eterno. La muerte no prevalecerá contra la Iglesia, dijo Jesús.
         
        Los hijos nacidos del Espíritu Santo no debemos temer lo que pueda hacernos ni el hombre, ni los demonios, porque nadie tiene el poder de deshacer las bendiciones que Jehová nos ha dado en Cristo. Muchas aflicciones podremos padecer durante nuestro crecimiento espiritual: angustia, tribulación, persecución, hambre, desnudez, peligro, peste, etc., pero todas estas cosas las vivimos en la fe del Hijo de Dios, sabiendo que obran para nuestro bien. Si Dios está por nosotros, nadie puede contra nosotros. Ni nadie podrá separarnos  del amor de Dios en Cristo; ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni autoridades, ni las amenazas del día presente, ni las que hayan de venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada tiene el poder de quitarnos los que Dios nos dio por medio de Cristo Jesús. 

          PROFECÍAS CONTRA LOS ENEMIGOS DE ISRAEL


            La ira de Balac se encendió, y despidió a Balaam sin recompensa, pues no había hecho lo que Él esperaba, y por el contrario, había bendecido tres veces a Israel. Balaam le dijo que le había advertido que no podría contradecir a Jehová, pero, antes de partir, Balaam profetizó sobre lo que Israel haría al pueblo de Balac más adelante: "Lo veré, mas no ahora; lo miraré, mas no de cerca; saldrá Estrella de Jacob, y se levantará cetro de Israel, y herirá las sienes de Moab, y destruirá a todos los hijos de Set. Será tomada Edom, será también tomada Seir por sus enemigos, e Israel se portará varonilmente. De Jacob saldrá el dominador, y destruirá lo que quedare de la ciudad".  Y mirando al pueblo de Amalec, profetizó, diciendo: "Amalec, cabeza de naciones; mas al fin perecerá para siempre". Dirigiéndose al ceneo, profetizó: "Fuerte es tu habitación; pon en la peña tu nido; porque el ceneo será echado, cuando Asiria te llevará cautivo". Por último, se lamentó diciendo: "¡Ay! ¿quién vivirá cuando hiciere Dios estas cosas? Vendrán naves de la costa de Quitim, y afligirán a Asiria, afligirán también a Heber; mas él también perecerá para siempre". Habiendo dicho esto, Balaam volvió a su tierra. (24:10-25)

            * De Israel vino el Mesías, la Estrella de Jacob sobre quien habla esta profecía: Jesús es la Palabra de Dios, la espada de doble filo que viene con poder contra todos los que se rebelan contra Jehová: los soberbios, los abusadores, los paganos, todos los que sirven a Satanás serán destruidos por la Palabra del poder de Dios, pues, ninguno podrá resistirla. Cada uno de los pueblos paganos mencionados representa a los enemigos del Señor, que se levantan contra la Verdad, y que dominarán por un tiempo, pero no prevalecerán sobre los escogidos, porque el Ungido de Jehová, Cristo el Señor, ya ha sido exaltado, y está sentado a la diestra de Dios, desde donde reina hasta que todos sus enemigos sean puestos bajo sus pies.

            LAS TENTACIONES Y EL PECADO DE ISRAEL

            Ocurrió que, habiendo acampado los israelitas en Sitín, comenzaron a relacionarse con las mujeres moabitas, quienes los indujeron a participar de los sacrificios a sus dioses, lo que provocó la ira del Señor, quien ordenó matar a todos los que se habían corrompido. Mientras todos estaban lamentándose a causa de la a ira de Dios que se derramaba, hubo un varón de la tribu de Simeón que trajo hasta el campamento a Cozbi, hija del Zur príncipe de Madián. Viéndolo Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, tomó una lanza, y los alanceó a ambos, lo que hizo cesar la mortandad de Israel. Los muertos por ese pecado fueron veinticuatro mil. Debido a que Finees hizo aplacar la ira de Jehová contra los hijos de Israel, el Señor hizo pacto de paz con él, otorgándole a él y a su descendencia después de él, el pacto del sacerdocio perpetuo, por cuanto tuvo celo por su Dios e hizo expiación por los hijos de Israel. (25:1-18)

            * Esta corrupción de los hijos de Israel no fue un hecho casual. Más adelante, veremos que fue el adivino Balaam quien aconsejó a Moab usar a sus bellas mujeres para seducir a los israelitas, y así ponerlos contra su Dios. Probablemente, esos eran los pensamientos que ocupaban al adivino mientras iba hacia Moab, montado en su asna, motivo por el cual el ángel se interpuso en su camino. Efectivamente, él no maldijo a Israel, pero sabía cómo hacerlos caer en rebelión contra Jehová. 













              A las Puertas de la Tierra Prometida - NÚMEROS (Parte V) - [Nm 26 al 36]

              (Nota: Los párrafos en negrita son un resumen de los versículos bíblicos que se están estudiando [identificados al pie de cada párrafo, versión RVR60]; los textos en cursiva son los comentarios que surgen a partir de esos textos. Para ir al link de respaldo bíblico o de apoyo, hacer click en los enlaces.)


              (Comenzar en Números Primera Parte)



              CENSO A ISRAEL


              Luego de la mortandad (producida por el pecado de Israel de dejarse seducir por las hijas de Moab), Jehová ordenó a Moisés y al sumo sacerdote Eleazar, hijo de Aarón, levantar un nuevo censo de los hijos de Israel, individualizados por sus casas patriarcales, a fin de determinar cuántos eran mayores de veinte años, aptos para la guerra. En suma, los hijos de Israel aptos para ir a la guerra totalizaron seiscientos un mil setecientos treinta hombres. Asimismo, Jehová instruyó a Moisés repartir las tierras en proporción a la población de cada tribu, es decir, las tribus más grandes deberán recibir una mayor superficie de tierra; y las pequeñas, una menor. Pero la repartición se hará por sorteo entre los grupos de tribus grandes y pequeñas. En cuanto a los levitas, éstos se dividirán según las familias de los hijos de Leví, es decir: los gersonitas, descendientes de Gersón; los coatitas, descendientes de Coat, y los meraritas, descendientes de Merari. De Coat descendía Amram, quien se casó con otra levita llamada Jocabed; ellos eran los padres de Moisés, Aarón y Miriam. Los hombres de los clanes levitas de un mes o más sumaron veintitrés mil, pero no fueron contados con el resto de los israelitas, porque a ellos no se les iba a asignar tierras. De todos los censados por Moisés y Eleazar en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, no quedaba ninguno de los censados 
              por Moisés y Aarón en el desierto de Sinaí, excepto Josué y Caleb, porque todos ellos ya habían muerto en el desierto, cumpliéndose la palabra de Jehová cuando los condenó por causa de su rebeldía. (26:1-65)

               
              Esto me hace recordar las palabras de Jesús cuando dijo que muchos vendrán de distintas tierras y entrarán al reino de los cielos, y que, en cambio, "los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes" (Mt 8:12).
               
              Efectivamente, ser judío, o descendiente de Abraham, no garantiza la entrada al reino de los cielos, ni cumplir con la ley es sinónimo de salvación, primero, porque nadie puede, y, segundo, porque, como hemos dicho reiteradamente, la doctrina religiosa bajo la cual se cobijan los judíos ya cumplió el rol para el cual fue enseñada, cuando el Mesías se hizo presente. Lamentablemente, no todos los de su pueblo reconocieron a Jesús como el Mesías, y peor aún, lo mataron por manos de los romanos. Sin embargo, el tropiezo de los judíos no fue obstáculo para que el plan de Dios siguiera su curso, que es dar gratuitamente, a los llamados al Reino, la posibilidad de nacer de nuevo para tener vida eterna. El Señor sigue llamando: "Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno. ¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no sacia? Escúchenme atentamente, y coman lo que es bueno, y se deleitará su alma en la abundancia. Inclinen su oído y vengan a Mí, escuchen y vivirá su alma. Y haré con ustedes un pacto eterno, conforme a las fieles misericordias mostradas a David." (Is 55:1-3 NBLA - sugiero leer el capítulo completo, pues, habla hermosamente de la salvación que Jehová nos dio por medio de Su Ungido, Jesús el Mesías de Israel).
               
              Con todo, estaba escrito que el Mesías debía morir, para, mediante Su resurrección, despojar a Satanás del poder que ejerce, por medio de la muerte, sobre la humanidad sin Cristo, a causa del pecado heredado de Adán que nos condena desde el nacimiento; pecado que yace en nuestro cuerpo carnal, por lo cual, dice la Escritura: "la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios" (1Co 15:50), y que, "el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (...) "el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es". (Jn 3:3,5-6)
               
              Está claro, entonces, que el que anhela ver el reino de los cielos debe nacer de nuevo; para lo cual sólo basta con creer en Aquél que abrió el camino al trono de Dios. El nuevo nacimiento no se produce por voluntad humana, sino por el poder del Espíritu Santo sobre el que confiesa a Cristo como Señor de su vida; sin embargo, aunque es por Voluntad Divina, para ser salvo, el hombre tiene la responsabilidad de obedecer el llamado y arrepentirse. Dice la Escritura que Dios (por medio de su Palabra) nos hará ver nuestro pecado, y que despertará nuestro oído para ser corregidos, y para que nos convirtamos de la iniquidad, y advierte: "Si oyeren, y le sirvieren, acabarán sus días en bienestar, y sus años en dicha. Pero si no oyeren, serán pasados a espada, y perecerán sin sabiduría" (Job 36:9-12).
               
              Ya no hay vida en la Jerusalén terrenal, la del otrora majestuoso templo hecho de piedras, del cual sólo quedan ruinas, lo que, sin dudas, es señal para los judíos de que lo terrenal no les conducirá a lo eterno, que es el anhelo intrínseco de todo ser humano. Por más que se esfuercen, los hijos de la Jerusalén terrenal no entrarán al Reino de los cielos, a menos que se arrepientan de su incredulidad, y reconozcan que Jesús, al que traspasaron, es el Mesías Redentor. Mientras sigan rechazando al Hijo de Dios, siguen estando muertos espiritualmente.
               


              DERECHOS DE HERENCIA


              Zelofehad era un descendiente de Manasés, hijo de José. Él tuvo cinco hijas, y no tuvo hijos varones. Ellas, habiendo fallecido su padre en el desierto, fueron hasta la puerta del tabernáculo, y presentaron ante Moisés, el Sumo Sacerdote, y los príncipes de Israel, una solicitud respecto a la herencia de su padre fallecido, argumentando que no era justo que el nombre de Zelofehad fuera olvidado sólo porque no tuvo un descendiente varón. Moisés presentó la solicitud a Jehová, quien dispuso que las hijas tendrían herencia de las tierras de su padre. Asimismo, dictaminó cómo deberían ser los derechos hereditarios entre los hijos de Israel. (27:1-11)


              MUERTE DE MOISÉS Y LA UNCIÓN DE JOSUÉ 


              Llegó el día en que Moisés iba a morir para ser reunido con Aarón y sus parientes. Entonces Jehová le mandó ir al monte Abarim, desde donde podría contemplar la tierra que heredarían los hijos de Israel, para que se cumpliera lo dispuesto por el Señor, aquel día en el desierto de Zin, cuando se enojó con Moisés y Aarón, porque no le glorificaron en las aguas de Meriba ante la congregación, y les anunció que no serían ellos quienes harían entrar al pueblo a Canaán. Siendo así, Moisés pidió a Jehová designar un nuevo líder, para que guiara a los hijos de Israel, a fin de que no anduvieran como ovejas sin pastor. Jehová dispuso que ese varón sería Josué, hijo de Nun, porque el Espíritu estaba sobre él. Dijo Jehová a Moisés que le impusiera las manos, y le entregara la autoridad que a él se le había conferido, a vista del pueblo. El nuevo líder iba a tomar toda decisión en consulta a Jehová, a través del sacerdote Eleazar, quien obtendría respuesta por medio del Urim, y conforme a esa respuesta conduciría al pueblo hasta su destino. Moisés hizo todo cuanto Dios le ordenó (27:16-23).

               
              Como podemos desprender de este texto, los golpes que Moisés y Aarón propinaron a la peña, para sacar agua de ella en el desierto, estaban señalando lo que el Mesías, la Roca de nuestra salvación, debía sufrir en manos de los líderes del pacto mosaico. De hecho, éste es uno de los pasajes que, de forma velada, hablan de que el Mesías debía padecer para entrar en su gloria. Sólo Su sacrificio iba a hacer posible que de Él brotara la fuente inagotable de agua para sanidad y vida eterna de la cual hablaron los profetas, porque,  por la fe en su muerte y resurrección, podemos morir y volver a nacer, por el agua de vida, que es el Espíritu Santo en nosotros.
               
              ** Jesús o Yeshúa es el diminutivo de Yehoshua que en hebreo significa "Jehová Salva". Es el mismo nombre con que Moisés llamó al hijo de Nun: Yehoshua, que al español fue traducido como "Josué". No sabemos qué impulsó a Moisés a cambiar el nombre de Oseas, que significa "salvación", por el de Yehoshua, pero podemos deducir que, al hacerlo, estaba diciendo que la salvación de Israel no dependía del hombre, sino de Jehová. En la obra de Josué se muestra un tipo de Jesús, porque Jesús es el buen Pastor que guía a Israel a la vida eterna. Nadie es salvo por cumplir la Ley, sino por la fe en el Hijo de Dios, quien, por la ofrenda de su vida en la cruz, hizo posible que tuviéramos entrada al cielo. La Palabra dice que "en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos." (Hch 4:11-12).


              OFRENDAS Y CONMEMORACIONES DE ISRAEL


              Luego Dios habló a Moisés para que el pueblo cumpliera oportunamente, en el santuario ante jehová, con las ofrendas de pan y holocausto continuo en olor grato al Señor, consistente en  un cordero en la mañana y otro al atardecer, con su libación de vino superior, más pan hecho de flor de harina, con aceite de olivas machacadas. En cuanto al día de reposo, además del holocausto continuo, ofrendarán dos corderos, con pan con doble porción de flor de harina, más su libación. Además, cada principio de mes, aparte del holocausto continuo con su libación, ofrecerán dos becerros, un carnero y siete corderos sin defecto, acompañados de ofrendas de harina amasada con aceite y su libación. Asimismo, sin dejar de ofrecer el holocausto continuo y su libación, celebrarán anualmente las fiestas solemnes, como la pascua, el día catorce del mes primero (fecha del calendario lunar hebreo que cae entre fines de marzo, abril o principios de mayo en nuestro calendario), y ofrecerán en holocausto becerros, carneros y corderos, con su ofrenda de harina amasada con aceite, y un macho cabrío para expiación. Al día siguiente, a partir del día quince del mes primero, por siete días, se celebrará la fiesta de los panes sin levadura, en que, junto con la ofrenda quemada, comerán panes sin levadura. Además, cuando sieguen la primera cosecha de trigo, celebrarán el día de las primicias con que comienza la fiesta de las semanas. Aquel día presentarán a Jehová una ofrenda del nuevo cereal, junto con el holocausto de becerros, un carnero y corderos con sus libaciones, y pan de flor de harina amasada con aceite, más un macho cabrío para expiación. (28:1-31)

              * Cuando estudiamos el libro de Levítico, hicimos un detallado análisis del Capítulo 23, que habla sobre las fiestas solemnes que Jehová mandó conmemorar cada año a Israel, y vimos que estas fiestas tenían por finalidad, primero, permitir que Israel  mantuviera frescos en su memoria los recuerdos de las maravillas que Jehová hizo por ellos, cuando los rescató de Egipto por manos de Moisés, y entró en pacto con ellos, dándoles una ley para que conocieran su Voluntad y la pusieran por obra; y, segundo, para preparar el camino que llevaría a Israel hasta el tiempo de su redención espiritual de manos de su Mesías.
               
              En efecto, aunque ninguna de esas ceremonias tenía poder de expiar y justificar para siempre, estaban preparando a Israel para el día de su salvación, cuando la justificación sería por la fe en el Mesías y no por hacer obras, porque el mismo Hijo de Dios iba a ser el sacrificio de paz, ofrenda de olor grato, para reconciliar a los escogidos con su Dios, al entregar Su Vida en la cruz por nosotros como un Cordero pascual. 
               
              Cuando profundizamos en estas conmemoraciones, podemos ver que cada una de esas ofrendas encendidas de olor grato a Jehová, los panes amasados, las libaciones, nos hablan de la salvación que Jehová nos dio por medio de su Hijo; de Su cuerpo inmolado en la cruz; de la expiación hecha por por medio de Su sangre; de la necesidad que tenía el pueblo santo de un sacrificio sustitutivo para estar en paz con Dios.
               
              El Apóstol Pablo, en la carta escrita a los corintios, confirmó este argumento cuando dijo que Jesucristo es nuestra Pascua sacrificada, agregando que ahora es tiempo de que celebremos la fiesta de los panes sin levadura, queriendo decir con ello que es tiempo de limpiarnos de toda la malicia que es propia de los que no conocen a Dios, y comenzar a vivir para la gloria del Señor.

              Luego, el primer día del séptimo mes (del antiguo calendario  lunar hebreo; fecha que corresponde a un día de septiembre u octubre en nuestro calendario) celebrarán la fiesta de las trompetas. C
              onvocarán a asamblea y, nadie debe trabajar aquel día. Se harán sonar las trompetas, y se ofrendará un becerro, un carnero y siete corderos en holocausto, con sus panes de flor de harina amasada con aceite, y libaciones, y un macho cabrío para expiación y reconciliación. El día diez del mismo mes, se celebrará el día de la expiación. Aquel día el pueblo deberá humillarse ante Dios, y presentar un becerro, un carnero y un cordero para holocausto, con sus respectivas ofrendas de harina amasada con aceite por cada animal ofrecido, además de un macho cabrío por expiación por el pecado. El día quince se iniciará el festival de las enramadas que durará siete días. El primer día habrá santa convocación y nadie trabajará. Durante los siete días, cada jornada se ofrecerá holocausto de becerros (que comenzará en once becerros, disminuyendo uno cada día, hasta llegar a ser siete el séptimo día), dos carneros y catorce corderos, con sus respectivas ofrendas de flor de harina y libaciones, en cantidades especificadas en la ley, además del macho cabrío para expiación. Al octavo día, habrá nuevamente santa convocación y no trabajarán. Ofrecerán holocausto de animales, además de la ofrenda de harina amasada con aceite y sus libaciones, según manda la Ley. Todas estas ceremonias se llevarán a cabo sin dejar de ofrecer los holocaustos continuos, con sus ofrendas y libaciones.  Por último, dijo Moisés: "Estas son las ofrendas que presentarás al Señor en las fiestas designadas, aparte de otras promesas, ofrendas voluntarias, holocaustos, ofrendas de cereales, ofrendas líquidas y sacrificios de comunión que quieras presentarle" (Nm 29:39 NVI) (29:1-40).

              * Cada uno de estos festivales es un simbolismo que habla de las etapas de la redención. Por ejemplo, la fiesta de las trompetas haría referencia a las siete trompetas de que se habla en el libro de Apocalipsis. Dice Juan que, cuando el Cordero abre el séptimo sello, se entrega siete trompetas a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios. Cada vez que un ángel toca una trompeta, se desata un evento. Algo que nos puede ayudar a entender los tiempos, es que Pablo señala que Jesucristo retornará por su iglesia cuando suene la última trompeta. Suponiendo que la última trompeta de que habla Pablo es la séptima trompeta de Apocalipsis, podemos deducir que, tanto los eventos de los siete sellos como los de las siete trompetas son hechos que ya comenzaron a suceder, probablemente, desde el momento en que Jesucristo fue glorificado tras su resurrección. (Debido a lo complejo que es dar una correcta interpretación de un libro tan lleno de simbolismos como el Apocalipsis, no profundizaré ahora en aquello, sin embargo, espero publicar mi estudio personal sobre ese libro próximamente).
               
              El día de la expiación hace referencia al día en que Jesús fue inmolado en la cruz, como el macho cabrío que se ofrece en sacrificio a Jehová para propiciación por nuestros pecados, y también como el que, estando vivo, es conducido al desierto, cargando sobre sí la iniquidad del pueblo. Estos sacrificios enseñaban a Israel la necesidad que el hombre tenía y tiene de la intervención divina en su salvación, pues, para el hombre es imposible que pueda purificarse a sí mismo para entrar al Reino de los cielos. Pero Dios tuvo misericordia de nosotros, y envió a su Hijo, quien pagó en lugar del pecador, liberándolo de la condenación eterna. 
               
              En cuanto a la fiesta de las enramadas, aprendimos que se refiere a nuestra vida en la tierra después de haber sido justificados en la sangre del Cordero de Dios, Jesús el Mesías. Nosotros, dice la Palabra, ya no somos del mundo, pero estamos en él, y debemos vivir aquí como extranjeros y peregrinos, igual como lo hicieron los padres que recibieron la promesa de que heredarían la tierra, Abraham, Isaac y Jacob, quienes vivieron en tiendas o tabernáculos (como quien está de paso), con su fe puesta no en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues, dice la Escritura, ellos murieron con la esperanza de recibir una patria celestial, "la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (He 11:10), la cual heredaremos todos al mismo tiempo, los del antiguo y nuevo pacto, cuando nuestro Señor venga por nosotros, y nos diga: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo" (Mt 25:34).

               

              LOS VOTOS A JEHOVÁ


              Con respecto  a los votos a Jehová, dijo el Señor que cuando un varón hace una promesa al Señor está obligado a cumplirla. En el caso de las mujeres, cuando ellas hacen promesas a Jehová deben cumplirlas, siempre que su padre, o su marido, según sea el caso, no se oponga a ello. Si el marido o padre al oír la promesa se opone, la mujer acatará lo dicho por él, y el voto será anulado, y no tendrá culpa ante Jehová. Pero si el padre o esposo al oír el voto no se opone, y deja pasar un tiempo y se arrepiente, para después vedar la promesa hecha por ella, él llevará la culpa de su incumplimiento. En cuanto a la mujer viuda o repudiada, cuando ella hiciere una promesa a Jehová deberá cumplirla.  (30:1-16).

              * Hacer una promesa a Dios es algo serio. El sabio Salomón escribió: "Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas" (Ecl 5:5), porque Jehová no se complace en los insensatos. Jesús también aconsejó ser de una palabra, es decir, si decimos "sí", que sea "sí", y si decimos "no", que sea "no".

              VENGANZA CONTRA MADIÁN


              Antes de morir Moisés, Dios le ordenó vengarse de los madianitas, porque provocaron una gran mortandad en medio de la congregación, cuando hicieron que Israel se rebelara contra Jehová. Mil hombres por cada tribu fueron a la guerra. Mataron a todo varón, incluidos los cinco reyes de Madián. También murió Balaam, el adivino que había incitado a las mujeres madianitas a seducir a los varones israelitas, haciéndolos pecar. Al término de la guerra, llevaron cautivos a todas las mujeres y niños, así como todos los animales y las riquezas de Madián. Cuando regresaron, al ver a las madianitas, Moisés se enojó con los que comandaban el ejército, y les ordenó matar a todas las mujeres casadas y a las que se habían unido a varón, así como a los niños varones, porque por causa de ellas, los israelitas habían prevaricado contra Dios. Sólo quedaron con vida las niñas y doncellas. También ordenó purificarse, al tercer y séptimo día, a todo el que había matado o tocado cadáver, permaneciendo fuera del campamento por siete días; lo mismo debían hacer los cautivos. Además, debían purificar sus vestidos, y toda prenda de piel, de pelo de cabra y utensilio de madera. (31:1-20)

              * La muerte de todo varón, seguramente, tiene que ver con que el varón es el portador de la simiente que trae vida, por lo cual, no podían arriesgar la unión de estos hombres idólatras con las mujeres israelitas, evitando así que esa simiente de maldad contaminara a Israel. En cuanto a las mujeres, sólo podían vivir las que no hubieran tenido intimidad con varón madianita, porque, dice la Escritura, cuando un hombre se une a una mujer forman una sola carne.
               
              Estos eventos hablan de la santificación del pueblo de Dios. Un creyente no debe hacer alianzas de ningún tipo con los incrédulos, ya sea en matrimonio, sociedades laborales, etc., porque corre el riesgo de que el incrédulo lo aparte del camino de la Verdad.
               
              La palabra cónyuge significa "con yugo", y hace referencia a las yuntas de bueyes, que deben ser de fuerzas similares para que los surcos en la tierra sean rectos. Es decir, cuando un hombre y una mujer se unen en matrimonio empiezan a caminar como un solo cuerpo; si son desiguales en fuerza, el más fuerte llevará al más débil por sus caminos. Además, no podemos olvidar que cada uno de los creyentes somos templo de Dios, y somos un Espíritu con Cristo cuando nos unimos a Él, en consecuencia, no tenemos derecho a dar lo que es de Dios a los inmundos.

              PURIFICACIÓN DE LOS DESPOJOS


              El botín de guerra fue repartido según lo ordenado por Jehová. Todo lo que podía resistir el fuego, como oro, plata, bronce, hierro, estaño y plomo debían ser pasados por fuego para purificación, y también por agua de purificación para dejarlos ceremonialmente puros. Los que no eran resistentes al fuego, debían pasar por agua de 
              purificación solamente. También ordenó Jehová que todos debían lavar sus ropas al séptimo día para quedar purificados y poder regresar al campamento. Del botín obtenido, así como de las prisioneras de guerra, se hizo un recuento, y se repartió en dos partes iguales, quedando la mitad del botín para los que fueron a la guerra, y la otra mitad para el pueblo, habiendo previamente deducido la porción a ofrendar a Jehová, que iba a ser entregada a los sacerdotes, y otra parte para los levitas, quienes tenían a su cargo el cuidado del tabernáculo, en porcentajes según lo especificado por Jehová. Como ninguno de los israelitas que fue a la guerra perdió la vida, los oficiales a cargo de las tropas quisieron dar como ofrenda a Jehová una porción del botín de guerra que cada uno había tomado para sí, consistente en  artículos de oro que fueron traídos al tabernáculo. (31:21-54)

              * Hablando de la restauración de Sión, Isaías profetizaba: "¿Será quitado el botín al valiente? ¿Será rescatado el cautivo de un tirano? Pero así dice Jehová: Ciertamente el cautivo será rescatado del valiente, y el botín será arrebatado al tirano; y tu pleito yo lo defenderé, y yo salvaré a tus hijos" (Is 49:24-25).

              Por su parte, Jesús, respondiendo a los fariseos que lo atacaban, dijo: "si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa" (Mt 12:28-29). A la luz de esta palabra, podemos entender que, cuando Jesús venció a Satanás en la cruz, lo ató y, lo que está haciendo ahora es saquear su casa, arrebatando de las manos del tirano multitud de almas que mantenía cautivas por causa del pecado.

              Si bien es cierto, el maligno aún ejerce dominio sobre los del mundo, es decir, los que no están en Cristo, no tiene poder sobre los que tienen el Espíritu Santo morando en ellos, porque mayor que el espíritu del engaño es el de Dios; sin embargo, puede zarandearnos si Dios se lo permite, pero no puede hacer lo que él quiera, porque el Señor le pone límites, y todo lo que Dios permite, lo hace con un buen propósito, como es el disciplinar al que ha cedido a las tentaciones para que se vuelva al camino, o podar al "pámpano" que da fruto "para que lleve más fruto" (Jn 15:1-2). 

              ** Como vemos en el texto que estamos estudiando, no todos los metales pueden resistir el fuego. Algunos sólo debían purificarse en agua de purificación (vv. 22-23). Juan el Bautista, refiriéndose al Mesías dijo: "Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, (...) él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mt 3:11). Más adelante, Jesús dijo: "Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido?" (Lc 12:49).  

              El bautismo de Juan era en agua de arrepentimiento, es decir, la sumersión en agua era una señal de arrepentimiento y de aspirar a tener una conciencia limpia ante Dios. El arrepentimiento es esencial para la regeneración, pero, para que ésta se produzca, es necesario creer en Jesucristo, y lo que hizo en la cruz por nosotros; sólo entonces Dios nos da el bautismo que salva, que es el del Espíritu Santo, la verdadera agua que limpia y regenera, porque borra nuestra iniquidad por la fe en Aquél que murió en nuestro lugar. 

              Ya dijimos que nosotros somos el botín de guerra que Jesús está arrebatando a Satanás; por tanto, si es necesario, para quitar de nosotros las inmundicias con que llegamos a Cristo, pasaremos por el fuego de las pruebas y tribulaciones. No obstante, Dios nunca permitirá que seamos probados más de lo que podemos soportar. Aunque duele, como dice la Palabra, ese fuego siempre obrará para el bien de los que aman al Señor, porque su fin no es hacer daño, sino formar el carácter de Cristo en los creyentes.

              *** Ninguna vida de los que combatieron contra Madián se perdió (vv. 48-49). Asimismo, Jesús, refiriéndose a las ovejas que Dios puso bajo su cuidado, dijo: "yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Jn 10:28), esto, porque la salvación no se pierde, de lo cual tenemos garantía por el Espíritu Santo que nos fue dado. Dice la Escritura: "cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido. Éste garantiza nuestra herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria" (Ef 1:13-14 NVI)

              **** Para entrar al campamento, debían lavar sus vestidos el séptimo día (v. 24). El séptimo día, como hemos dicho en otros estudios del pentateuco, se refiere a este tiempo en que Dios está salvando por gracia a los que creen en la sangre de Jesús. Jesús es nuestro reposo; Él es el shabat del Antiguo Testamento, el séptimo día. Es decir, éste es tiempo de lavar, por fe, nuestras vestiduras en la sangre del Cordero que fue inmolado en nuestro lugar, para darnos vida eterna en Él. Dice la Palabra: "Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos" (Ap 7:13-17).


              LOS PRIMOGÉNITOS ¿SON LOS PRIMEROS?


              Las tribus de Rubén y Gad pidieron a Moisés tomar posesión de las tierras de Jazer y Galaad, que estaban antes de cruzar el Jordán hacia Canaán, pues, habían visto que esas tierras eran apropiadas para la gran cantidad de animales que tenían. Moisés les hizo ver que no era justo que ellos se quedaran allí, y no fueran a la guerra con las otras tribus que estaban por atravesar el Jordán para conquistar las tierras que Jehová les iba a entregar. Los rubenitas y gaditas se comprometieron a luchar junto al resto de Israel para conquistar Canaán, para lo cual se armarían tan pronto edificaran casas seguras para sus hijos y mujeres, y corrales para sus animales, en el lado este del Jordán. Moisés, entonces, dio instrucciones al sacerdote Eleazar, a Josué y a los jefes de las casas paternas, diciendo que, sólo si los de Gad y Rubén cruzaban  el Jordán armados para la guerra, y luchaban junto al resto de las tribus de Israel, y hasta que se diera por terminada la conquista, y sometieran a los habitantes de Canaán, se les haría entrega de las terrenos en la región de Galaad; en caso contrario, no recibirían esas tierras, sino que su heredad estaría en Canaán con el resto de Israel. Aparte de estas dos tribus, la mitad de la tribu de Manasés (hijo de José), los hijos de Maquir, también solicitaron que se les diera su porción de tierra en Galaad. (32:1-42)

              * Cuando Jesús resucitó, permaneció con sus discípulos durante cuarenta días hablándoles del Reino; y antes de ser alzado y recibido en una nube para ascender a la diestra de Dios, ellos le preguntaron si iba a restaurar el reino de Israel en aquel tiempo, a lo que el Señor respondió: "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad..." (Hch 1:7). Recordemos que hasta ese momento los discípulos que Jesús había preparado eran sólo de nacionalidad judía, y ellos estaban convencidos que la salvación iba a ser sólo para su pueblo; pero los planes de Dios y del Hijo no se limitaban a la nación de Israel. 
               
              Lo interesante es que, en seguida, vemos a Jesús instruir a sus discípulos algo similar a los que Moisés instruyó respecto a los descendientes de estos hijos de Israel, que querían recibir tierras antes que el resto de sus hermanos. Luego de anunciarles que iban a ser bautizados en el Espíritu Santo, Jesús continuó diciendo: "y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hch 1:8), es decir, aún quedaba camino por recorrer para llegar a la meta, y en esta etapa, ellos acababan de ser constituidos apóstoles de Jesús para expandir el evangelio.

              En otras palabras, los primeros judíos llamados al Reino, si bien fueron los primeros en recibir el evangelio, no iban a recibir su heredad antes que el resto, porque Jesús los había discipulado para que, cuando Él ya no estuviera en cuerpo, continuaran la obra que Él había iniciado, y siguieran anunciando las buenas nuevas a todo el mundo, partiendo por Jerusalén. Aunque hasta ese momento, los apóstoles no habían comprendido lo que eso significaba, y, probablemente, pensaron que de Samaria y de lo último de la tierra serían rescatados sus hermanos judíos, pasado un tiempo entendieron, por revelación, que Jesús hablaba de gente de "todo linaje, y lengua y pueblo y nación" (Ap 5:9) que, igual que ellos, iban a ser hechos sacerdotes del reino para seguir anunciando, hasta el fin de los tiempos, las virtudes de Aquel que llama a sus escogidos de las tinieblas para llevarlos a Su Luz Admirable.

              Como ya hemos dicho durante este estudio, el autor de la carta a los hebreos dice que, los padres de la fe Abraham, Isaac y Jacob, y los primeros creyentes, vivieron en la tierra prometida en tabernáculos, como extranjeros, porque esperaban "la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (...) "Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra" (He 10, 13), porque anhelaban algo mejor: una patria celestial, dice la Escritura, la cual heredaremos todos el mismo día, cuando la novia sea presentada al Cordero santa, pura, limpia, sin mancha.  

              ** Muchas veces ocurre que, cuando los cristianos decimos que el único camino a la salvación es creer en Jesucristo, nos preguntan: ¿y qué pasa con los que vivieron antes de la llegada del Hijo de Dios? ... Es posible que este pasaje, donde vemos que algunos de ellos recibieron sus tierras al este del Jordán, esté respondiendo a esa inquietud.

              En la carta a los Hebreos, leemos que los israelitas que no entraron al reposo de Jehová, después de salir de Egipto, fueron aquéllos que no creyeron al Señor. Es decir, la salvación siempre ha sido por fe; primero, en YHWH, (Jehová), el único Dios vivo, y ahora, en el Hijo de Dios, que es Dios sobre todas las cosas, enviado por Jehová para morir en nuestro lugar, a fin de darnos vida eterna en Él. 

              Si no creemos que Jesús nos sustituyó en la cruz, no hay forma de que seamos salvos, porque es necesario que, por fe, hagamos nuestros su sacrificio y resurrección. Dice la Escritura: "En él [Cristo] también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados" (Col 2:11-13 - énfasis añadido).

              Por tanto, todos aquéllos, a través de todas las generaciones de hebreos, que vivieron igual que Abraham, quien creyó en Jehová y actuó en consecuencia, han sido salvados sin haber conocido a Cristo. Entre ellos, sin dudas, están incluidos todos los llamados "héroes de la fe" de Hebreos 11. 

              Con respecto a los gentiles que vivieron antes de Cristo, y aquéllos que, por estar muy lejos de la civilización, no han oído hablar del Señor, leemos en Romanos: "cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos. Porque muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos, el día en que, según mi evangelio, Dios juzgará los secretos de los hombres mediante Cristo Jesús." (Ro 2:14-16 NBLA). Por tanto, si bien es cierto, es necesario llevar el evangelio de Jesucristo a todas las étnias; no es menos cierto que "desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa" (Ro 1:20 NVI); es decir, no haber escuchado el evangelio o no haber oído hablar del Dios de la Biblia no exime a nadie de recibir la ira de Dios, pues, ya que el Señor se ha revelado por medio de la creación, si alguien niega su existencia es simplemente porque decidió ignorarlo. Como dice el versículo antes citado, será la propia conciencia del individuo la que lo defenderá o acusará cuando Cristo venga para juzgar al mundo.

              *** Quizás podemos extraer un último mensaje oculto tras la decisión de esas tres tribus, de querer tomar posesión de tierras antes de atravesar el Jordán, y es que con esto se estaría mostrando a esa porción del pueblo judío que, enceguecido por las cosas que se ven, perdieron de vista la salvación por gracia que Jehová les estaba regalando en Jesucristo cuando éste se manifestó; y, en vez de reconocer el cumplimiento de las Escrituras que hablaban de la venida del Mesías, menospreciaron al Hijo de Dios, porque no vieron más que a un simple carpintero, y no al gran guerrero que ellos habían imaginado que vendría a salvarlos. Lo lamentable es que muchos de sus descendientes siguen ciegos hasta ahora.   

              Sobre los patriarcas de las tribus que escogieron permanecer al este del Jordán, sabemos que Rubén era el primogénito de Jacob con Lea, su primera esposa; Gad, el primogénito de Zilpa, la esclava de Lea, y Manasés el primogénito de José con su esposa egipcia, nacido en Egipto. Haber sido el primer hijo de sus madres no significó para ellos ninguna ventaja por sobre sus hermanos. De hecho, ninguno de ellos recibió la bendición de primogénito, como vimos al estudiar el Génesis: Rubén perdió la primogenitura, porque durmió con la concubina de su padre; Gad, era primer hijo de la sierva Zilpa, pero no de Jacob; y Manasés no tuvo la oportunidad, porque Jacob dio a Efraín, el hijo menor de José, la bendición de primogénito, luego de profetizar que Efraín iba a ser más grande que Manasés. 

              Esto de que el primogénito pierde sus derechos de primogenitura aparece repetidamente en las Escrituras, con el fin de mostrar que el pueblo judío, siendo el primogénito, no puede ser el heredero de las promesas mientras permanezcan siendo sólo carne y sangre. Ellos, igual que los escogidos del resto del mundo, deben renacer del Espíritu Santo para heredar las promesas hechas al padre de la fe, para lo cual, necesitan arrepentirse de su incredulidad y de haber crucificado al Hijo de Dios, y creer en Jesús, reconociéndolo como Señor y Cristo. Al respecto, la Escritura dice: "esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción" (1Co 15:50); y también: "Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito" (Zac 12:10); y "aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar" (Ro 11:23). 

              Las primeras manifestaciones que dan testimonio del cumplimiento de esa profecía de Zacarías, comenzaron a ocurrir con la venida del Espíritu Santo, cuando, de acuerdo al relato del libro de Hechos, Pedro, lleno del Espíritu de Dios, predicaba a los judíos presentes en Jerusalén el día de Pentecostés: "Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2:36-38). Es un milagro que aún sigue ocurriendo por obra del Espíritu Santo, que está abriendo los ojos y oídos al remanente de Israel guardado para salvación, el que está siendo llamado, en tanto entra la plenitud de los gentiles al reino, hasta que el Señor regrese. Así todo Israel (el de la fe de Abraham, no según la carne) será salvo.

              El que se arrepiente de su incredulidad recibe la ciudadanía de verdadero Israel, y tendrá su morada en la nueva Jerusalén, la ciudad del pueblo santo que, como Jacob, durante su vida terrenal tuvo un encuentro con Dios; se humilló ante Él, y recibió un nuevo nombre, una nueva vida espiritual por la fe. Aunque, igual que Jacob cuando se volvió Israel, el nuevo hombre no dejará de cojear, lo que le resta de su vida en la carne, luchará persistentemente por hacer sendas derechas para sus pies, de manera que la pierna coja, que es la carne con su pecado inherente, no se descoyunte. El sello que distinguirá al nuevo hombre es que vivirá su vida en Cristo procurando seguir "la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (He 12:14).

               

              PEREGRINAJE DE ISRAEL DESDE EGIPTO AL JORDÁN


              De acuerdo a lo mandado por Jehová, Moisés dejó escritas cada una de las travesías que el pueblo hizo desde que salió de Egipto. Cuarenta años duró la peregrinación de los hijos de Israel, desde que fueron sacados de Rameses en Egipto, el quince del mes primero, el día después de la pascua, por la mano poderosa de Jehová (vv.1-4), hasta que llegaron al Jordán, límite para pasar a la tierra que iban a recibir en herencia. Durante todo ese tiempo, anduvieron errantes, de un lugar a otro, viviendo muchas experiencias maravillosas y también difíciles. Cruzaron el mar rojo en seco hacia el desierto, donde anduvieron por tres días, hasta llegar a Mara, donde acamparon (v. 8). Hubo tiempos de bienestar, como en Elim, donde había doce fuentes de agua y setenta palmeras (v.9), pero también duros, como en Refidim, donde no tenían agua (v.14). Después de cuarenta años de andar por el desierto, llegaron al monte Hor, donde vieron morir al Sumo Sacerdote Aarón, a la edad de ciento veintitrés años (vv. 38-39). Por último, llegaron a los campos de Moab, junto al Jordán, donde acamparon, frente a Jericó (vv.48-49). (33:1-49)

              * Este resumen del peregrinaje de Israel, desde que salió de Egipto hasta encontrarse a punto de entrar a la tierra prometida, permite a las generaciones posteriores entender los tiempos divinos, porque en el Israel del Antiguo Testamento Dios nos muestra las etapas de la redención del Israel del nuevo pacto.
               
              Así como el pueblo hebreo en el pasado fue rescatado de la esclavitud de faraón en Egipto, los cristianos fuimos rescatados del dominio que Satanás ejerce sobre este mundo inmerso en tinieblas. Ya no somos esclavos del pecado, sino hijos de Dios, y si hijos, herederos de las promesas hechas a Abraham, el padre de la fe. 
               
              Como lo hemos dicho reiteradamente, la iglesia es la Jerusalén redimida, la nueva Jerusalén, porque la nueva Jerusalén es el cumplimiento de la promesa hecha a Israel por medio de Ezequiel, cuando Jehová dijo: "Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios" (Ez 36:26-28). También es el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham, de que en su simiente, que es Jesús, todas las familias de la tierra sería bendecidas, pues, esta Jerusalén, la celestial, reúne gente de toda tribu, lengua y nación, judíos incluidos.

              Iglesia significa "llamados afuera", es decir, estamos siendo llamados, igual que el Israel del antiguo pacto, a dejar atrás las costumbres mundanas, y a comenzar a vivir según la Verdad, que es la Voluntad de Dios para que nos vaya bien. Es lo que se llama "santificación". Ya no somos del mundo, sino ciudadanos del reino de Dios, y lo que nos queda por vivir en nuestra carne, lo vivimos como peregrinos y extranjeros en este mundo. El profeta Isaías, inspirado por el Espíritu Santo, exhortaba a los hijos de Jerusalén, cuando estaban por ser hechos cautivos de un pueblo pagano, a no contaminarse con sus costumbres, diciendo: "Apartaos, apartaos, salid de ahí, no toquéis cosa inmunda; salid de en medio de ella; purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová" (Is 52:11). 
               
              Las tinieblas quedaron atrás, ahora tenemos la luz de Cristo guiándonos a través del desierto, de la misma forma en que la columna de fuego y de nube guio a Israel por el desierto. "Tus oídos oirán detrás de ti estas palabras: «Este es el camino, anden en él», ya sea que vayan a la derecha o a la izquierda" (Is 30:21 NBLA).
               
                

              QUÉ HACER EN LA TIERRA PROMETIDA


              Encontrándose en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó, Jehová habló a Moisés para decir a Israel que, una vez que hayan entrado a Canaán, deberán expulsar a todos los habitantes de esas tierras y destruir  todos sus ídolos de piedra y metal, así como sus altares. Le dijo que la tierra deberá repartirse por sorteo, según el tamaño de las tribus. Además, advirtió que, si permitían que gente de Canaán permaneciera entre ellos, se convertirían en aguijones en sus ojos y espinas en sus costados, y se volverían un problema para ellos. No sólo eso, además, ellos mismos quedarían expuestos a recibir lo que Jehová tiene pensado hacer a los cananeos. (33:50-56)

              * Entrar a la tierra prometida nos habla del bautismo en el Espíritu Santo. Por gracia, hemos recibido una nueva vida, y todo lo que éramos antes de venir a Cristo debe quedar atrás. "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2:20).

              Los cananeos eran los enemigos de los hebreos, quienes, si permanecían entre ellos, se iban a convertir en motivo de aflicción y, con seguridad, los iban a hacer tropezar y que se rebelaran contra Jehová (vv. 52-53, 55). En el nuevo pacto, el  mayor enemigo del creyente regenerado es su carne, donde aún mora el pecado, la cual no está dispuesta a perder el gobierno que antes ejercía sobre el individuo, y luchará por prevalecer sobre el Espíritu. Por eso, Pablo dice a los creyentes: "Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis" (Ga 5:16-17). Es decir, aunque en Cristo somos nuevas criaturas, aún tenemos batallas que librar contra nuestra naturaleza adánica, pero ésta ya no puede dominarnos como antes, a menos que se lo permitamos. Dice la Escritura: "¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?" (Ro 6:16).  

              En el nuevo pacto, echar a los cananeos, con sus ídolos, altares y costumbres equivale a, como lo dice Pablo, despojarnos del viejo hombre, con sus pecados y concupiscencias, y comenzar a vivir para Cristo; porque la voluntad de Dios cuando nos regeneró era que fuésemos hechos a la imagen de Su Hijo, quien, cuando anduvo entre los hombres, dio testimonio de cómo debe obrar un hijo de Dios. 

              Jesús fue enviado para restaurar en los hombres la imagen y semejanza de Dios en nosotros, que se corrompió después del pecado original. Por eso, dice la Escritura, que Jesús es el primogénito, de entre muchos hermanos, en quien habitaba toda plenitud, y que el Señor nos está llamando, por medio de la predicación, para que seamos transformados, de gloria en gloria, en la misma imagen por obra del Espíritu de Dios; de modo que "así como hemos traído la imagen del terrenal [Adán], traeremos también la imagen del celestial [Jesús]" (1Co 15:49).

              Al respecto, hay que aclarar que, si no somos capaces de oponer resistencia al pecado, o nos da lo mismo dejarnos dominar por él, debemos preguntarnos si somos verdaderamente salvos, porque la evidencia de que hubo regeneración es el rechazo al pecado, y cuando pecamos, (que lo hacemos a diario), nos sentimos incómodos, lo que nos guía al arrepentimiento. Así opera el proceso de santificación. El Espíritu de Dios en nosotros nos hace ver nuestro pecado y es Él quien nos conduce al arrepentimiento; en otras palabras, si somos salvos, serán nuestras obras las que darán testimonio de que estamos siendo guiados por el Espíritu de Dios. 

              Nuestro llamado es a apartarnos del mundo, para que, cuando Cristo regrese, se complete nuestra redención, y seamos hechos, igual que Él, verdaderamente, a imagen y semejanza de nuestro Creador.


              Jehová indicó al pueblo los límites al sur, oriente, norte y occidente de la tierra de Canaán que habrían de heredar. Canaán sería repartida por sorteo entre las nueve tribus y media restantes, pues Rubén, Gad y la media tribu de Manasés tomaron su heredad al este del Jordán. Los encargados de hacer la repartición serían el sacerdote Eleazar y Josué, hijo de Nun. Asimismo, se debía escoger un príncipe por tribu como representantes para recibir la tierra en posesión. (34:1-29).

              CIUDADES DE LOS LEVITAS Y DE REFUGIO


              En cuanto a los levitas, cada tribu deberá dar a los levitas ciudades donde habitar, con sus correspondientes campos alrededor de ellas para sus animales. En total, darán cuarenta y ocho ciudades a los levitas, de las cuales seis serán destinadas como ciudades de refugio para aquéllos que cometan asesinato, a fin de protegerlos de ser objeto de venganza antes de enfrentar un juicio justo. Estas ciudades de refugio estarán ubicadas tres al oriente y tres al occidente, y darán  refugio a los hijos de Israel, a los extranjeros, o a cualquiera que estuviese de paso, y que matara a alguien por accidente. La ley especifica claramente cuándo se considera homicidio intencional y cuando se considera accidente. En el caso que se compruebe que el homicidio fue intencional, el vengador de la muerte tiene derecho a dar muerte al homicida. Si se determina que el homicidio no fue intencional, la congregación deberá proteger al homicida, escoltándolo a la ciudad de refugio, donde deberá permanecer hasta que muera el sacerdote ungido con óleo sagrado, momento en que podrá volver a su ciudad. Si antes de la muerte del sacerdote, el refugiado sale de los límites de la ciudad de refugio, y es encontrado por el vengador de la víctima, y éste le diere muerte, el que mata no será juzgado por ese crimen. (35:1-28)

              * Los levitas no tenían herencia en la tierra, porque su porción es Jehová; sin embargo, las otras tribus debían proveer lugar, dentro de sus territorios, probablemente, para que la presencia de estos hombres consagrados a Jehová no faltara en medio de ellos. De ese modo, cada tribu tendría el consejo y la enseñanza de la Palabra de Dios a su alcance.

              Sólo por el testimonio de más de un testigo se podrá condenar a muerte a una persona acusada de homicidio. No se permite pagar rescate por un condenado a muerte, pues, debe indefectiblemente morir por su crimen. Tampoco se permite el pago de rescate por un refugiado, porque el refugiado sólo podrá volver a su tierra cuando muera el sumo sacerdote. Dios ordena no profanar la tierra que habitan. El derramamiento de sangre contamina la tierra, y sólo con la sangre de aquel que la derramó es posible hacer expiación en favor de la tierra. Dijo el Señor "No contaminéis, pues, la tierra donde habitáis, en medio de la cual yo habito; porque yo Jehová habito en medio de los hijos de Israel". (35:29-34)

              * Para todo juicio, la ley determina que no se puede condenar a alguien por la declaración de un solo testigo; se requiere que concurran dos o tres para tomar una decisión. Así también, la Escritura dice que, para vida eterna, se requiere el testimonio de tres testigos: el agua, la sangre y el Espíritu, y éstos, dijo el Apóstol Juan en su primera epístola, dan testimonio de que que Jesús es el Hijo de Dios. Asimismo, estos tres son los que dan testimonio en el cielo de nuestra salvación para vida eterna.
               
              Hablar del bautismo en agua es hablar del arrepentimiento y del deseo profundo del creyente de mantener una buena relación con Dios. En el caso de Jesús, aunque él nunca había pecado - por tanto, no tenía de qué arrepentirse - fue bautizado en las aguas del Jordán debido a que el bautismo de Juan era un mandato de Dios; por tanto, Jesús mismo no lo podía ignorar, pues, habría significado pecar contra Dios, lo que se verifica con la respuesta que Jesús dio a Juan, quien se sentía indigno de bautizar al Hijo de Dios. El Señor le dijo: "Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia" (Mt 3:15). Tan pronto Juan lo bautizó, se abrieron los cielos, y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre Jesús, llenándolo de la plenitud de Dios. La sangre que da testimonio de que Jesús es el Mesías es su propia sangre derramada en la cruz, que le permitió entrar al Lugar Santísimo que es el cielo, porque no estaba contaminada del pecado propio de los hombres, porque Él, aunque fue tentado en todo según su naturaleza humana, nunca pecó. Por último, la confirmación de que su ofrenda fue perfecta es que el Espíritu Santo lo resucitó para vida eterna, convirtiéndose en el primogénito de entre muchos hermanos; las primicias de los que resucitan para vida eterna.
               
              En la salvación de un creyente, los tres testigos se manifiestan cuando: éste se arrepiente de pecado (simbolizado por el bautismo en agua); cree que la sangre de Cristo expía sus pecados de una vez y para siempre; y recibe el Espíritu Santo que le es dado del cielo, luego de haber creído y haberse arrepentido, como garantía de que resucitará para vida eterna. 
               

              MATRIMONIO SÓLO ENTRE MIEMBROS DE LA MISMA TRIBU


              Vinieron los hijos de la media tribu de Manasés que recibieron herencia en Galaad, mostrando su preocupación por la herencia que se había dado a las hijas de Zelofehad, pues, al momento de ellas contraer matrimonio, su herencia pasaría a ser parte del patrimonio del marido, y si ellas se casaban con hombres de una tribu diferente, la porción que era de las hijas de Zelofehad, de la tribu de Manasés, quedaría en manos de otra tribu. Tratándose de una petición justa, Jehová determinó que las hijas de Zelofehad podían contraer matrimonio con cualquier varón de su elección, pero sólo de entre los hijos de la tribu de Manasés, y esto sería extensivo para todas las otras tribus, quienes podrían casarse sólo entre los de su tribu, a fin de que las herencias no pasaran de una tribu a otra. (36:1-13)

              * La Biblia dice que cuando un hombre se une a su mujer forman una sola carne. En otras palabras, se vuelven un solo cuerpo; pero si una de las piernas cojea, obviamente va a ser muy difícil para ese cuerpo poder seguir el camino recto. 
               
              El Apóstol Pablo, refiriéndose a los matrimonios entre creyentes e incrédulos, dice: "No estén unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas? ¿O qué armonía tiene Cristo con Belial? ¿O qué tiene en común un creyente con un incrédulo? ¿O qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos el templo del Dios vivo, como Dios dijo: «Habitaré en ellos, y andaré entre ellos; y seré su Dios, y ellos serán Mi pueblo»" (2Co 6:14-16). 
               
              Con todo, el Apóstol dice que, si uno de los dos vino a Cristo estando casados, y el otro cónyuge sigue incrédulo, deben permanecer juntos, especialmente, si el incrédulo consiente en seguir casado con su cónyuge creyente, porque el incrédulo es santificado en el creyente, de modo que sus hijos son santos, si no, serían inmundos. Pedro, por su parte, manda a las mujeres creyentes a vivir santa y devotamente, por si quizás sus maridos incrédulos sean ganados sin decir palabra, sino sólo por observar el cambio que Jesús ha producido en sus esposas. Lo mismo sería para el caso del marido creyente, cuya esposa puede ser ganada para Dios a través de la transformación que Jesús produce en el marido. 


               



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